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Yo sobreviví al cumpleaños de mi hijo

ANA DEL BARRIO
No entiendo cómo todavía no se comercializan camisetas con el lema: "Yo sobreviví al cumpleaños de mi hijo". Porque los aniversarios de ahora no son como los de antaño cuando te apañaban con cuatro ganchitos y una piñata.
Las celebraciones actuales se han convertido en auténticos bodorrios con castillos hinchables, gymkanas, karaokes, juegos de pinball, pruebas de escapismo, experimentos, karts, y hasta mansiones Party para que tu hija sea top-model por un día. Además, no sólo tienes que invitar a los niños, sino también a los padres, abuelos y hasta se te apuntan los hermanos y algún vecino que pasaba por allí.
De hecho, como bien dice Quique Peinado, los cumpleaños están a punto de organizarse como festivales de música, donde te ponen una pulserita y hay diversos escenarios para que cada chaval escoja su actividad favorita.
En mi caso, todos los años tomamos al asalto el chalé de los abuelos y alquilamos un castillo hinchable. La idea era oportuna cuando tenían cuatro años, pero la cosa se complica cuando los churumbeles ya son talluditos y se comportan como el Ejército de Atila.
Lo primero que haces cuando ves a los 15 niños dando saltos como posesos sobre la colchoneta es pronunciar el grito de guerra: "¡No hagáis el bruto!". Al momento, te das cuenta de la estupidez que acabas de decir porque es materialmente imposible que 15 chavales no hagan el cafre subidos a un castillo. Pero la frase de marras sirve para limpiar tu conciencia y que parezca que lo tienes todo bajo control.
Nada más lejos de la realidad. Efectivamente, al momento, empiezan a empujarse y a tirarse unos encima de otros. De hecho, el entretenimiento máximo consiste en darse golpes y caer en las redes laterales de la instalación.
Tus gritos comienzan a ir 'in crescendo', pero los asistentes parecen inmunes a ellos. Ni tu marido, que lee tranquilamente la prensa, ni el abuelo que pasa olímpicamente de todo, ni, por supuesto, los críos que escalan poseídos por el espíritu de Spiderman parecen escuchar las vibraciones de sonido que salen de tu garganta. Tan sólo hay un niño que se dirige a ti y que viene a pedirte agua por vigésimo octava vez y has de confesar que estás a punto de tirársela por la cabeza.
Es en ese instante cuando miras y te percatas de que el castillo hinchable ha sido derribado. No queda ni una torre en pie. Entras en pánico, pero te das cuenta de que lo han deshinchado aposta porque dicen que es más divertido cuando lo desenchufan y se les cae encima.
A estas alturas de la fiesta ya te encuentras cual niña del exorcista con la cabeza dándote vueltas y echando espumarajos verdes por la boca mientras gritas: "HELP ME, HELP ME!".
Lanzas entonces la temible amenaza que llevas profiriendo toda la tarde y que no has cumplido ni una sola vez (lo que contraviene todos los manuales de educación de los hijos elaborados por las Supernannys del mundo entero): "¡Salid todos del castillo!".
El cumpleaños toca a su fin. Pero, cuando piensas que estás a salvo, aparece el típico padre plasta que tarda una hora en despedirse y no se da cuenta de que durante esos minutos de la basura suceden las peores tragedias. Mientras te da palique, compruebas por el rabillo del ojo cómo su hijo intenta estrangular a otro y está a punto de lograrlo, pero el padre sigue a su bola sin enterarse de nada.
Llega la hora en que se van sanos y salvos. Pillas una silla, por primera vez en seis horas, y suspiras porque te encuentras como si te hubiesen dado una paliza unos mafiosos albano-kosovares.
EL MUNDOMiércoles 26 de octubre de 2016

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