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El mejor ejemplo que los padres pueden dar a los hijos

MARIO IZCOVIC
Autor del libro “Ser padres ser hijos, los desafíos de la adolescencia” (Ed. Gedisa)
Vivimos en una sociedad invadida por los gurús de la gestión. Trasladan a la vida cotidiana aquello que desde hace años se implementa en las empresas para que estas sean más “eficientes” y generen más beneficios a sus dueños.
Esto incluye la gestión del tiempo, de las emociones (una gran contradicción ya que estás no se gestionan), de las relaciones, de la sexualidad, los pensamientos, los síntomas. Muchas veces educar se convierte en sinónimo de gestión.
Los medios y las modas no son ajenos a ellos y nos bombardean por tierra, mar y aire. Y mucha gente lo compra. Constatamos, en los encuentros con padres y madres de adolescentes en los que nos reunimos para conversar y pensar juntos, que hacen suyas estas ideas.
Esto provoca mucho malestar porque las exigencias son enormes y evidentemente nunca se llega al ideal esperado. De allí la búsqueda de recetas. La gente se pregunta: ¿Cómo comer mejor?, ¿cómo ser hombres de hierro (iron man)?, ¿cómo tener éxito en la vida?, ¿cómo hablarle a tu pareja?, ¿cómo relacionarte con tu hijo adolescente? El slogan de que nada es imposible se muestra a todas luces falso.
Descartemos pues la eficiencia del lado de los padres, descartemos la idea de gestión. Descartemos, pues, los ideales inalcanzables. Dejemos de hablar de Escuelas de padres (¿se puede enseñar a ser padres?) Cuando un padre o madre asiste a una conferencia sobre el tema en general lo hace para confirmar sus certezas. La verdadera reflexión en cambio surge a partir de la conversación, con otros padres, con profesionales, allí cuando sea necesario.
En tiempos de tanta desorientación pensamos que la imperfección no es mala, hasta es necesaria. Con esas exigencias por ser los mejores no nos ayudamos a nosotros y menos a nuestros hijos.
Cuando los hijos llegan a la adolescencia, para los padres se juega también una crisis vital. Se ponen en cuestión muchas certezas. Las cosas no son como eran y es necesario aceptarlo. Hay necesariamente que pasar por ciertas renuncias. Aceptar nuestras dificultades, aceptar nuestros límites, aceptar que hay cosas que no dependen de nosotros, aceptar que nuestros hijos no sean como queremos que sean (lo cual es muy bueno), aceptar la finitud de la vida.
Reconocer todo esto supone admitir que además de padres somos personas, hombres y mujeres. Del lado de los hijos es muy positivo reconocer que estos padres con quien discuten y necesitan diferenciarse, tienen además su propia vida y sus propios deseos (no sucedáneos materiales), en definitiva es el mejor ejemplo que les podemos legar.
LA VANGUARDIA, Jueves 9 de febrero de 2017

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