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Echadnos de comer aparte

MAR MUÑIZ
Me han contado que hay bebés como Nenucos. Duermen en el carrito mientras sus padres le piden un risotto al camarero. Ellos, distendidos, empiezan con blanco, siguen con tinto y, para los postres, gatean como Massiel. El niño, ni un llanto.
También sé de otros que a los ocho años pelan gambas con cubiertos y gastan protocolo de embajada. Lamentablemente, no conozco ningún ejemplar que responda a esta descripción.
Con esos relatos de padres ufanos me pasa como con las caras de Bélmez: no me lo creo. ¿Cómo va a ser cierto si yo amenazo a mis hijos con castigos constitutivos de delito para que den los buenos días? Hay una excepción cuya veracidad pude comprobar por la tele: durante la proclamación de Felipe VI, las infantitas parecían de porcelana.
Vi la retransmisión ojiplática deseando un chiste a destiempo, una colleja entre hermanas, una petición de pis... pero, maldita sea, ni siquiera estornudaron. Debo ser un desastre porque yo apenas puedo comprar yogures sin que mis hijos organicen un cristo en Mercadona. Muy a mi pesar, en mi familia plebeya estamos más próximos al estilo Froilán y, en días malos, al del Cojo Manteca.
Antes de la reproducción frecuentaba restaurantes con velitas, esos que reciben Romeos y Julietas al 100% de glucosa. Hoy están descartados. El fuego atrae a los niños como a la Preysler el cash, por lo que esa cena acabaría en comisaría o en algún hospital. En una de aquellas ocasiones leí un cartel en la puerta. Igual que a perros, borrachos y maleantes, se reservaban el derecho de admitir a niños. En esa época, con todo el colágeno en su sitio y el útero sin estrenar, me pareció un ultraje a las familias. Dos partos más tarde, lo comprendo absolutamente.
Después de arruinarle a más de uno el tataki de atún mientras alguna de mis criaturas zigzagueaba entre las mesas, veloz como Usain Bolt, he tomado una decisión de necesaria autocensura: no podemos entrar en (1) restaurantes con recogemigas y/o carta de aguas ni (2) en los que hacen distingos entre copas según el vino. Además, esos sitios presentan el inconveniente de que se oye todo y los comensales de al lado escuchan perlas como: "Si no te comes el pollo te arranco las orejas" o "Cualquier día de estos, paro en una gasolinera y a correr". Así que escogemos siempre lugares con jaleo, preferiblemente fritangueros, porque aseguran una bulla que nos garantiza cierto anonimato.
También es imprescindible llevar el móvil o la tableta petados de dibujos o, en su defecto, pedir la clave del wifi como quien pide un desfibrilador. Esto es así, digan lo que digan los contrarios a la lobotomización de cerebros infantiles mediante pantallas. Porque, admitámoslo, los padres y los taberneros nunca les estaremos lo suficientemente agradecidos a Pixar. Cada día ruego al Universo porque sus creativos mantengan vigorosa su imaginación.
Sé que los pedagogos me pondrán a caldo, más dados ellos a las explicaciones profusas que a La Patrulla Canina. Pero para mí es una cuestión de purita urbanidad. Lo contrario es terrorismo del chungo, y perdón por el pleonasmo.
EL MUNDO/BLOG DE UNA MADRE DESESPERADA, Lunes 11 de abril de 2016

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