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¿Es bueno aprender a leer tan pronto?

En España se hace un seguimiento bastante exhaustivo de los aprendizajes de los más pequeños. En general, y desde muy pronto, fomentamos los avances más académicos y esperamos que aprendan lo antes posible los números, a leer, a colorear sin salirse del borde, a escribir sin salirse de la raya... ¿Está nuestro sistema educativo bien enfocado?
Podríamos pensar que empezar pronto y de forma sistemática a trabajar habilidades como la lectura y la escritura se traducirá en mejores resultados académicos. Sin embargo, parece que no es así, y hay evidencias desde hace muchos años. Según el informe PISA, que mide el rendimiento de estudiantes de todo el mundo, España presenta resultados mediocres respecto de los países europeos en áreas como la competencia lectora o las matemáticas. ¿Cómo es posible? ¿En qué nos equivocamos? ¿Necesitamos quizá empezar antes, exigir más, evaluar mejor? Las respuestas no van por ese camino.

El sistema educativo finlandés, un ejemplo

Xavier Melgarejo, psicólogo y doctor en Pedagogía, buscó respuestas investigando para su tesis. Lo hizo ahondando en el sistema de educación que cada año encabeza el informe PISA, el finlandés. ¿Qué hacen allí? “Muchas de mis creencias entraron en crisis durante esos años”, recuerda. Las dos creencias que antes cayeron fueron dos:
Cuanto antes, mejor. FALSO. En Finlandia los niños no aprenden a leer hasta los siete años. Incluso, ven contraproducente empezar antes; pero a los nueve ya ocupan uno de los primeros puestos del mundo en competencia lectora. Y en matemáticas.
Cuanto más, mejor. FALSO. Tampoco aquí salen las cuentas. Resulta que en Finlandia los niños tienen menos horas de clase, ¡y cinco recreos al día! Cada 45 minutos, 15 minutos de recreo, mientras que en España son 30 minutos en cinco horas.
Además, Finlandia es el país que menos horas curriculares realiza entre la primaria y la secundaria. Entonces, ¿cómo es posible que ocupen siempre los primeros puestos? Puede ser porque es un tema en el que se implica toda la sociedad: los profesores; los padres, que confían en los maestros y no les culpan de los fracasos de sus hijos; el Estado, que potencia una educación pública y que no modifica ni una ley educativa sin consenso político. Además, por supuesto, el método que usan es diferente. Se enseña cuando el niño está preparado, maduro, no antes. Por eso empiezan la lectoescritura a los siete años. ¿Y qué hacen antes de leer? ¿Cómo se preparan? Para nuestra sorpresa, la mitad de los niños finlandeses no va a preescolar y entran en la escuela a los seis o siete años.

Fomentar la curiosidad y autonomía del niño

¿Y la otra mitad? ¿La que acude a preescolar? Juega. Y se fomenta continuamente la exploración y la autonomía del niño. “Las temperaturas pueden superar los 30 grados bajo cero, y cada hora los niños se visten y desvisten para salir al patio”, cuenta Luis Jiménez, cuyos sobrinos viven en Finlandia.
Visto esto, parece que no estaría de más que nuestro país diera un giro. Mari Carmen Díez Navarro, maestra y psicopedagoga, ha descrito en libros como “Mi escuela sabe a naranja” o “10 ideas clave. La educación infantil” (ambos de editorial Graó) ideas que pueden favorecer estos cambios.
¿Qué necesita el niño aprender antes para después tener éxito en las matemáticas o la lectura? ¿Repetir? ¿Esfuerzo? ¿Experimentar? ¿Afecto? Su principal objetivo, reconoce, no es que sepan leer, ni escribir, ni contar cuando acaben infantil, sino “que lleguen a primaria con ilusión y ganas”. La clave “es hacer afectivo el día a día en la escuela. Cuando un niño crea un vínculo con su maestra y se siente seguro, podrá dedicarse a aprender, a jugar, a afrontar sus sentimientos”, afirma. Es el primer paso, pero no el único.

La importancia de valorar el esfuerzo de los niños

Otro punto: más importante que hacerlo bien o no, es valorar lo que los niños hacen: “Por ejemplo, cuando pintan, al principio no persiguen más que disfrutar. Si valoramos sus producciones, hacia los cuatro o cinco años ellos solos empiezan a dibujar con intención de crear algo bello”, afirma esta maestra. Nuestra valoración estimula que disfruten en cada momento y, por lo tanto, que tengan deseos de seguir, de repetir, de crear. Y, por supuesto, han de jugar, jugar y jugar.
“Yo me quedo impresionada al ver cómo a través del juego ellos solos se enfrentan y resuelven problemas de todo tipo, cómo organizan el material, ordenan tamaños, resuelven problemas con los amigos...”, apunta Mari Carmen Díez. Para las matemáticas, por ejemplo, más importante que copiar el número 1 es “manipular, explorar y contar cosas”, explica esta maestra, aunque no se sepan aún los números.
También la manipulación y la exploración sirven para preparar la escritura “porque el niño madura del hombro a los dedos”, recuerda. Es decir, jamás podrá tener buen control de la mano si no lo ha tenido antes del antebrazo. Las actividades que conlleven movimientos de barrido con los brazos les ayudan a desarrollar, más adelante, la precisión en los dedos; y por eso muchos niños que empiezan a escribir demasiado pronto adoptan una posición forzada para la que su cuerpo no está preparado.

Cómo fomentar el interés por la lectura

En la clase de Mari Carmen Díez la lectura llega de la mano del juego y el afecto, saboreando las palabras una a una y sin presiones. Despacio, disfrutando, sin adelantar. A los tres años cada uno se dedica a aprender su nombre. Esto hace que algunos niños se empiecen a interesar en las letras y las palabras.
A los cuatro años tienen su colección de palabras que “les caen bien”: las sacan de los cuentos que su maestra les lee. Y cuando han coleccionado cuatro o cinco palabras, como Rita (el nombre de la mariposa de uno de sus cuentos favoritos), juegan al Pasapalabra. Son palabras para abrir el apetito y mucho más efectivas que el clásico silabeo. A los cinco años se hacen cada uno su tarjeta de visita, y además cada niño es nombrado padrino de una letra: cuando alguien quiere saber algo de la z..., pues le pregunta a Iván Pérez, que es su padrino. Se comunican la información sobre las letras como un secreto o un truco (“para poner la z, primero...”).
Tienen también un buzón a través del cual se envían mensajes (“te invito”) y también tienen la “caja de escuchar los sueños”, de donde deben sacar cada vez cinco cosas (imágenes, objetos o juguetes) con las que inventar una historia que comience, pase algo y termine. En fin, que juegan, juegan y juegan con las palabras. Y un buen día llega un niño y le dice a su seño: “Yo no sé cómo lo hago, pero lo miro y lo leo”. Otro día, dice otro: “Yo creo que sé leer, pero no estoy seguro”. Cada uno a su ritmo, y como la fruta madura, todos lo van consiguiendo. Los números los aprenden con la dirección de su casa, con su edad y la de su familia, con su fecha de nacimiento, con su peso, su medida...

Educar en valores

Pero no solo de números y letras va la cosa. Va de todo lo que conlleva vivir. En “Mi escuela sabe a naranja” esta maestra cuenta cómo van surgiendo las oportunidades de aprender de verdad y afrontar situaciones como compartir, llorar, ayudar, burlarse, mandar, decir lo que piensan, elegir, tolerar la frustración... y esto unido a las palabras, los números y los grandes temas de la vida y la muerte. Todo va junto.
Un día uno de los niños propuso hablar de los cangrejos y otro de las tortugas. Votaron y ganaron los cangrejos. Era la primera vez, cuenta esta profesora, que una de las niñas ¡no lloraba tras perder la votación! Pidieron a un padre que trajera cangrejos. Los miraron, les contaron las patas, los dejaron moverse para ver hacia dónde iban, leyeron sobre su vida... Algunos niños pescaron cangrejos y los añadieron a los primeros, y después se enfrentaron a situaciones como la muerte de algunos cangrejos.
¿Qué sintieron? ¿Qué decidieron hacer con ellos? ¿Comerlos? ¿Enterrarlos? ¿Tirarlos a la basura? Doce niños propusieron echarlos a la sopa y como eran mayoría así se hizo. ¡Aunque luego ninguno la probó! “Porque los conocíamos”, concluyó una niña a posteriori. Sin embargo, contaba una madre, desde que estaban con el tema de los cangrejos su hijo entraba en la pescadería y comía pescado, algo que antes no hacía. Son solo algunos de los matices y aprendizajes que aportó esta situación.

Por: Martina Domeño
Asesores: Xavier Melgarejo, psicólogo y doctor en Pedagogía; Mari Carmen Díez, maestra y psicopedagoga. www.carmendiez.com

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