ANA DEL BARRIO
Ser Rey Mago es algo así como ejercer de James Bond. Cometer el más mínimo fallo puede tener consecuencias letales y convertir el día más feliz del año en una tragedia de tintes shakesperianos.
Como el agente 007, hay errores en los que un buen Rey Mago nunca debe incurrir como, por ejemplo, no conseguir el top 1 en la lista de juguetes. La tarea es ardua, ya que para ello hay que competir con miles de progenitores en una carrera contrarreloj en el mismo periodo de tiempo.
Pero no hay nada que una madre no sea capaz de hacer con tal de lograr el regalo soñado: desde recorrerse siete centros comerciales de atasco en atasco en una sola tarde hasta implorar e intentar sobornar a dependientes impasibles e incluso llegar a las manos si es necesario. Lo he visto con mis propios ojos: abuelas empujándose y agarrándose de los pelos en pugna por la última muñeca de moda.
Dar gato por liebre es otro pecado capital que no debe perpetrar un buen Baltasar. Es decir, si tu hija ha pedido la Clawdia Wolf no aparezcas con la Clawdeen Wolf porque la llantina puede ser mayúscula. Demuestras ser una completa ignorante si no sabes que son de la misma manada, pero la primera es rubia, guionista y estudió Teatro y la segunda es morena, diseñadora y peluquera.
Otro requisito imprescindible para sobrevivir a la mañana de Reyes es hacer acopio de pilas. Si tu hijo abre el regalo, éste no lleva las baterías incluidas y no tienes ninguna a mano, vete preparando porque está a punto de estallar la III Guerra Mundial. De nada sirve que le expliques a tu retoño que ya las compraréis mañana. Tu hijo no puede aguantar al día siguiente, ni tan siquiera puede esperar una hora ni media ni cinco minutos.
El niño quiere jugar YA y cuando dice YA es YA. Es su día, la fecha de Reyes, así que ya estás moviendo el culo de la silla y saliendo escopetada de gasolinera en gasolinera en busca de las dichosas pilas. Y puedes ir rezando por el camino para que sean las AA o LR06 porque como te hayan tocado las CR2450 las vas a pasar canutas.
Y es que la carta a los Reyes Magos puede resultar un campo repleto de minas. Para empezar porque muchos de los juguetes que se publicitan son un auténtico timo. La experiencia me dice que cuantas más expectativas despiertan, mayor es la decepción. Si un bebé promete comer papilla, eructar, hacer pis, caca, tirarse pedos, vomitar y decir papá y mamá, mal asunto. Hacedme caso y quedaos con los especializados en una única tarea.
Por no hablar de que ahora hay que realizar un curso de desembalaje, una carrera en Ingeniería y un máster en el IESE para lograr abrir, montar y descifrar algunos juguetes. Después de media hora de lucha con plásticos herméticos y tornillos imposibles, se puede dar el caso de que ni los padres, tíos o abuelos sean capaces de programar el robot tubular con neumáticos personalizables.
O peor aún: que se trate de un juego de mesa, aparentemente sencillo, y que seas incapaz de descifrar las normas. A mi hijo le regalaron el año pasado el Magic: The Gathering y no conseguimos enterarnos de qué iba. Al final, optamos por improvisar e inventarnos las instrucciones sobre la marcha, pero aquello no tenía ni pies ni cabeza. ¡Con lo fácil que eran el parchís, la oca o el monopoly!O incluso que tardes más de una semana en acoplar las 1.330 piezas del Halcón Milenario de Lego. Dios Santo, ¿pero se trata realmente de un juego o de una tremenda putada? Juro que si a alguien se le ocurre regalárselo a mi hijo, pido asilo político en Nueva Zelanda.
Tras muchos fiascos, para mí el juguete ideal es aquel que abulta poco, es fácil de manejar y de recoger, no emite sonido alguno y, por supuesto, no lleva pilas: muñecas, patines, cocinas, construcciones, los clásicos de siempre... y el mejor de todos: un buen libro.
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