MARTÍN PIÑOL De los pocos traumas que guardo de mi etapa escolar aún sigue vivo el miedo eterno a la pelota. No a jugar fútbol mal, porque como niño gordo eso lo tenía asumido, sino el miedo al golpe. El golpe sabías que llegaría en cualquier momento: con dos patios enormes, se jugaban 10 partidos a la vez y cualquier cráneo en la línea de fuego era un daño colateral (si te daban, tampoco te pedían perdón). No sé si eso es patriarcado o simplemente pelotarcado , pero por simple seguridad física las niñas y los frikis éramos obligados a charlar y jugar con muñecos en un rinconcillo. Han pasado tres décadas desde entonces pero cuando llevo a la niña al cole “ de mayores ” veo que no ha cambiado nada. Mucho Montessori, mucho trabajar por proyectos y mucha robótica pero el recreo sigue siendo el reino de la pelota. Sí, ahora las niñas -algunas, no todas- también juegan, pero el pelotarcado aún domina el mundo con bota de púas. (En la escuela infantil eso no...
“Menos productos de lujo y más Hacendado, menos móviles y más tiempo en familia, menos juegos de consola y más bicicleta, menos recompensas materiales y más muestras de cariño, menos televisión y más paseos en la montaña observando la naturaleza, menos ruido y más silencio. Aprendiendo que lo bueno y lo valioso lleva su tiempo y esfuerzo” Catherine L`Ecuyer