FRAN SÁNCHEZ BECERRIL
La muerte, por desgracia, está estas
semanas más presente que nunca en nuestra realidad. Los datos
diarios –cada vez más esperanzadores aunque terriblemente tristes– de
fallecidos por covid-19 nos
hacen ser conscientes de la finitud de la vida, a pesar de que en esta sociedad
hedonista sea un tabú.
Uno de los espacios donde la muerte ha
sido ignorada por completo, aunque seguramente sería
el propicio para ahorrar sufrimiento, es el sistema educativo español.
A pesar de que está presente en todas las esferas de la vida, una de las
mayores flaquezas en los colegios de nuestro país es la omisión de la conciencia de muerte y de finitud de la vida.
Así lo demuestran investigaciones
académicas como ‘¿Está la muerte en el currículo
español?’ e ‘Inclusion of death in the curriculum of the Spanish Regions’. De estos estudios se desprende que, aunque se trate la muerte en ciertos
contenidos (el ciclo vital, el Holocausto, las guerras o la extinción de la
naturaleza), no puede decirse que se esté educando en la
conciencia de esta, desde la perspectiva de los fines
pedagógicos y objetivos de cada etapa.
Esta ausencia de conciencia de la muerte
en la educación “es algo muy paradójico”, para Pablo Rodríguez Herrero, profesor del departamento
de Pedagogía de la Universidad Autónoma de Madrid
(UAM) y uno de los autores de los citados informes. “Es una certidumbre que a
lo largo de la vida nos encontramos, no solo con la muerte biológica, también
en otras pérdidas y situaciones que tenemos que afrontar, y la escuela no nos
educa para ello”, apunta el pedagogo.
Para Herrero, incluir en las escuelas
esta conciencia sobre la muerte y la finitud de la vida “tiene un potencial educativo muy grande, ya que
puede orientar en muchas situaciones de la vida y ayudar a vivir de manera más
consciente”. “Puede aportar desde lo más concreto y cercano, como es todo lo
relacionado con la actual pandemia, hasta estar más preparado ante cualquier
situación”.
Asimismo, el pedagogo señala que tiene
que ver con los valores que enseñamos a los niños,
su identidad, la orientación vocacional y la huella que les gustaría dejar.
También con reconocer el sufrimiento de los demás y no ser indiferente a ello,
“lo que les daría una conciencia de humanidad, porque todos compartiríamos la
conciencia de la muerte”.
A este respecto José Antonio Luengo, psicólogo educativo
y sanitario, coincide con la necesidad de incorporar esta conciencia sobre la
muerte en la enseñanza y señala que “cuando somos capaces de reflexionar en frío sobre una situación, incorporamos elementos de comprensión,
identificación e interpretación. Esto, indudablemente, nos puede preparar para
sufrir menos, pero sobre todo para entender mejor lo que ha pasado”.
Aunque no tenga por qué reducirse este
sufrimiento, Luengo, que también es secretario del Colegio Oficial de
Psicólogos de Madrid, señala que estar preparado para ello hará
que gestionemos mejor el dolor: “No hace falta prepararse para no
sufrir, sino para que gestionemos mejor ese sufrimiento e incorporarlo como
experiencia, en la medida de lo posible, positiva para la vida”.
Cómo se debería tratar
en las escuelas
Ambos especialistas coinciden en que la
mejor manera de incorporar esta conciencia de finitud de la vida en las aulas
es de manera transversal en las asignaturas ya
existentes. Aunque algunas horas de clase dedicadas a tutorías puedan ser
espacios adecuados, ahondar en la muerte en áreas como Lengua a
través de poemas o Geografía con los países con menor esperanza de vida sería
lo más interesante.
Esto no quita para que se puedan impartir talleres o intervenciones puntuales sobre
esta temática.
En este sentido el pedagogo aclara que “educar teniendo en cuanta la muerte no tiene por qué significar hablar de la muerte en sí. Tampoco consiste en obsesionarse con hablar de la muerte, pero sí tratarla de manera natural”.
La edad a la que los escolares
reciban docencia sobre este tema, será clave para abordarlo.
Rodríguez apuesta por “acompañar a los niños dándoles cariño y sin miedo a
decir no sé. Que ellos construyan también su concepto de muerte”.
Por su parte, el psicólogo educativo
añade que la explicación para los niños más pequeños debe ser
completamente distinta ya que “están más incorporados a un
mundo mágico en el que todo este tipo de observaciones de la realidad y
explicaciones están muy ligadas a una difícil diferenciación entre el mundo real y el fantástico”.
“Pero sí puedes comentarlo abiertamente con más profundidad si son mayores,
que pueden situarse, ya saben el impacto que tiene, las consecuencias y lo que
es el dolor. Siempre hay un mensaje que dar a cualquier edad, conforme crecen
los argumentos y explicaciones se modifican”, añade el secretario del Colegio
de Psicólogos.
Religión, educación y
muerte
Causalmente cuando la muerte ha
estado más presente en la educación ha sido durante la Dictadura,
“pero con una intención de adoctrinamiento religioso”, según
explica el profesor de Pedagogía de la UAM. “Cuando la educación ha estado más
ligada a la religión ha sido cuando más ha aparecido, pero no con una finalidad
educativa como la entendemos actualmente, sino desde un punto de vista
exclusivamente religioso”, añade Herrero.
Precisamente las creencias religiosas son un gran consuelo cuando fallece
alguna persona del entorno. Pensar que la vida no ha acabado como
tal, sino que le espera un lugar mejor, es un bálsamo para la
persona que ha sufrido esta pérdida. Pero en España con la llegada
de la Democracia, la sociedad cada vez se ha vuelto más laica por lo que
abordar la conciencia de la muerte puede ser más importante hoy en día. Para el
psicólogo: “Sin duda es más importante. La concepción religiosa hace más
digerible todo este proceso gracias a la idea de que la muerte no deja de ser
una transición, que es una situación muy dolorosa, pero que en el fondo no ha
muerto, sino que sigue estando en otro sitio, que no identificas muy bien”.
El covid-19 y la
vuelta al cole
La vuelta a las aulas a día de hoy es
incierta desde varios puntos de vista. Uno de ellos es cómo se abordarán las situaciones tan trágicas que se viven a causa del
covid-19, los dramas personales (como la pérdida de alguien cercano)
y los miedos colectivos (mantener la distancia de seguridad, pánico por contagiarse...).
Para el psicólogo, que habitualmente
guía a centros educativo de la Comunidad de Madrid en temas relacionados con la
temática que aborda este artículo, “en el momento en que los niños se
incorporen va a ser muy importante crear espacios y utilizar
tiempos específicos para la gestión de las emociones, tanto de
alumnos como de toda la comunidad educativa”.
“No
solo se debe pensar en volver a impartir las asignaturas, también en que muchos
niños se han visto afectados de manera grave por esta situación. Además ha sido
una experiencia de duelo sin duelo,
algo terrible no solo por la muerte de un familiar, sino porque no se han
podido despedir con los rituales habituales”, apunta Luengo. “Los centros
educativos tienen que identificar las situaciones específicas
y tenemos que ver cómo lo trabajamos desde el centro o si es
necesario la derivación a algún servicio específico”, añade.
Asimismo el psicólogo apunta a dos figuras clave para el proceso de
reincorporación al aula con todo el ‘shock’ que ha generado el coronavirus: los tutores como responsables de cuidar el
desarrollo afectivo y los orientadores para
asesorar en esta situación.
EL CONFIDENCIAL, Lunes 11 de mayo de 2020
Imagen: El Confidencial

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