NIEVES MIRA
Desde que se decretó el
estado de alarma el pasado 15 de marzo hasta que los niños
comenzaron a salir a la calle el 26 de abril los españoles han
tenido que adaptarse a unas medidas que pocos creían
posibles meses antes. Han visto cómo veían restringidos
sus movimientos, cómo las empresas iban cerrando y tenían que hacer
(quien podía) su trabajo desde casa. Desde el primer momento fueron
muchas las instituciones y los gabinetes psicológicos que prestaron
sus servicios vía telemática y muchas veces incluso de manera
gratuita. Desde el diván (aunque sea telemático), los psicólogos
han sido un acompañamiento esencial durante esta pandemia que ha
matado ya a más de 26.000 españoles.
En un primer momento y aferrados a las noticias que
llegaban desde fuera, tanto desde China primero como desde Italia más
tarde «comenzamos a encontrar repuntes de carácter ansioso. Se
mostraban en forma de anticipaciones catastrofistas y en
alteraciones del sueño, tanto en calidad como en cantidad
del mismo, dando paso a las primeras pesadillas», cuenta a ABC
Andrea Vega, psicóloga en El
Prado Psicólogos. Conforme el coronavirus se abrió paso en
nuestro país, según cuenta la experta, estos síntomas se
incrementaron a medida que llegaron los cambios (el confinamiento,
nuevos hábitos de higiene, síntomas de la enfermedad en allegados,
cambios en el ámbito laboral....). Llegaron entonces las
conductas compulsivas, según relata (comprobaciones de
temperatura, desinfecciones constantes, etc.).
Pero
sin duda, lo que marcó un punto de inflexión según avanzaba la
enfermedad fueron los fallecimientos. «Comenzamos a
encontrarnos así con personas afectadas en primera persona por
duelos traumáticos en cuanto a la imposibilidad de comenzar a
elaborar los mismos en un contexto normalizado, eligiendo libremente
las propias estrategias de afrontamiento, rituales y ceremonias de
despedida; sino viéndose envueltos en un acontecimiento de tal
magnitud sometidos a unos patrones y primeros pasos rígidos y
generalizados favorecedores de la contención del contagio pero
tremendamente perturbadores en lo que respecta al plano psicológico»,
cuenta la psicóloga Andrea Vega.
Miedo a la normalidad
Ahora, cuando comienzan a darse los primeros
momentos de la desescalada, empiezan a brotar aspectos
latentes en fases anteriores: el miedo a volver a hacer una vida
«normal». Según cuenta esta experta, los síntomas no son
nuevos, ya estaban ahí y los psicólogos los han ido percibiendo,
tanto en pacientes como entre sus propios familiares. La diferencia
es que las medidas adoptadas por el Gobierno hacían de «ancla» a
la que aferrarse para evitar situaciones, emociones y pensamientos
perturbadores. El hogar nos hacía sentir seguros en aquellos
momentos de confinamiento más duros, pero ahora las normas nos
empujan a enfrentarnos a la incertidumbre para poder continuar hacia
una vida saludable y plena, conviviendo con estas nuevas sensaciones
y formas de relacionarnos.
Uno
de los miedos que más pueden llamar la atención es el de salir a la
calle, que se da tanto en adultos como entre los más pequeños. Y es
que el hogar nos ha protegido del virus tanto hacia afuera y ha sido
también un «fuerte» para encontrar refugio de aquellas vivencias
que podrían suponer mayor estrés. Por ello, muchos ya lo están
denominando como el «síndrome de la cabaña».
«Principalmente existe el miedo a contraer la enfermedad, que es un
miedo completamente normal y adaptativo en cuanto a
que nos mantiene alerta para continuar llevando a cabo conductas de
higiene y prevención. No obstante, este se convierte en un miedo
desadaptativo en dos direcciones: por un lado cuando
la emoción pasa a ''coger los mandos'' de nuestra vida, limitando
todas aquellas vivencias agradables, de contacto, de exploración, de
crecimiento profesional, de ocio, etc. para indicarnos constantemente
que la seguridad es un bien preciado y únicamente se halla en casa.
Por otro lado, también surge hacia otros estímulos, como el miedo a
volver a exponernos a contactos sociales, miedo a aspectos que
impliquen tomar distancia con el hogar, así como miedo a retomar el
contacto con aspectos que previos a la pandemia ya conllevaban una
importante carga emocional», aclara Vega.
Con
los más pequeños ocurre exactamente lo mismo, según
explica la psicóloga. Están observando en ellos -informa- mayor
predisposición al mencionado «miedo desadaptativo» en los que
previamente padecían ciertas fobias o miedos limitantes, pero
también en aquellos que han sufrido de cerca las consecuencias más
duras del coronavirus. «Muchos se han visto inmersos en una
atmósfera cargada de emociones desagradables y con mucho
menos acceso elegido a información de la que dispone un
adulto, puesto que se les da la información que se considera
relevante, mientras que otra la van percibiendo sin un orden ni una
explicación adaptada». Por ello es muy importante cómo vivan la
desescalada por parte de sus padres, su mayor referencia, siendo muy
importante cuidar lo que verbalizan pero también sus actos.
Cómo afrontarlo
Para superar este proceso y que a nadie le cueste
salir a la calle, la psicóloga recomienda exponerse
paulatinamente al miedo, manteniendo la motivación y comenzando por
acciones sutiles. En este sentido y de cara a favorecer la
salida de este «síndrome de la cabaña» no es necesario «que el
primer día de confinamiento hayas salido la hora establecida en
función de tu grupo de referencia, así como no será necesario que
el primer día que se permita el contacto con grupos pequeños acudas
a una reunión de amigos. Basta con que, en esos pasos hacia la
desescalada, te permitas experimentar al propio ritmo las nuevas
sensaciones que conlleva». Por ejemplo, podría tratarse de bajar
únicamente a la acera durante unos minutos y poco a poco ir
aumentando la distancia fuera de casa.
Además, hay personas que están temiendo el momento
en que sus empresas les reclamen para volver a trabajar
físicamente en sus sedes. Esto conllevará una mayor
exposición al contagio, pero a pesar de ello, la psicóloga insiste
en que «no debemos detener nuestra vida al completo». La vuelta
lleva acarreada ciertos estímulos que pueden disparar la ansiedad:
algunos, como el malestar o el estrés tomarán mayor importancia
tras haber comprobado lo «agradable» que puede resultar, a corto
plazo, evitarlos. Pero -según insiste Andrea Vega- debemos
enfrentarnos a este contexto diferente con flexibilidad, entendiendo
que las formas de relacionarnos con el mundo serán diferentes. «Es
posible y perfectamente entendible el no querer
volver presencialmente al trabajo puesto que, en numerosas áreas, se
ha comprobado que se puede llevar a buen término vía telemática, y
se han encontrando otros beneficios entre los que destaca el
aprovechamiento del tiempo invertido en desplazamientos, o el
desempeño de calidad en las funciones al encontrarme en un contexto
regulado por mis propias necesidades», argumenta.
ABC, Sábado 9 de mayo de 2020

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